El hilo del Amor
Hace mucho, mucho tiempo, en un lugar donde la naturaleza crecía fuerte y sana, había un pequeño pero delicado rincón que albergaba una cabaña muy, muy antigua. Era una cabaña única, hecha con madera y clavos, pero eso sí, se podía apreciar claramente que, fuera cuando fuera que la habían hecho, la habían construido con una gran cantidad de amor. Allí, por las noches, se podía apreciar desde fuera, una luz tenue que salía por debajo de la puerta, y en el silencio de la oscuridad, muchas veces se podían escuchar cantos que parecían venir del más allá como si llegaran de un lugar angelical. A través de la pequeña ventana que tenía en un lateral, se veía también cómo la luz de una vela ondeaba suavemente movida por la cálida brisa que pudiera entrar a través de los listones torcidos de madera. Ésta cabaña estaba habitada por un anciano que desde hacía mucho, mucho tiempo, se dedicaba a crear marionetas. Todas sus generaciones anteriores desde que se sabía, se habían dedicado a tejer marionetas, lo que le convertía en un experto costurero tejedor y titiritero.
Cada día, desde bien temprano, antes incluso que saliera el sol, se levantaba para ver el amanecer y comenzaba a tejer, hacia todo tipo de marionetas, de todos los colores y formas, con una delicadeza que había aprendido de sus antepasados, y que según él, era el secreto de tan maravilloso legado. En la última puntada que daba a cada una de sus creaciones soplaba sobre el hilo, diciendo una frase, a modo de oración: «sigue el hilo del Amor»; y como por arte de magia las criaturas adoptaban un extraño pero cálido brillo en sus pequeños ojos.
Un día, al levantarse por la mañana se acercó a un armario que tenía en un rincón de la habitación, al abrirlo fue como si algo de otra dimensión tomara forma en ése lugar… una radiante luz inundaba la cabaña y abría paso a un fantástico mundo imaginal donde los planetas, las estrellas y los cielos giraban entre sí dando cabida a todo tipo de lugares y sucesos, colores y materias. De repente el anciano se giró y agarró varias de sus marionetas lanzándolas al aire y dejándolas caer más allá del umbral de la puerta, donde mágicamente cobraban vida al soplar éste sobre ellas y al recitar de nuevo su oración: «sigue el hilo del Amor».
Era algo increíble, repentinamente podían moverse , bailar, hablar entre ellas, sentir, incluso podían llegar a pensar, pero eso sí, siempre permanecían unidas al tejedor a través del último hilo en el que éste habia soplado su oración.
Un día, una de sus marionetas, sorprendida por el lugar al que había llegado, comenzó a caminar guiada, sin saberlo, hacía una pequeña aldea donde las otras marionetas ya llevaban algún tiempo haciendo las cosas a su manera. Al pasar algún tiempo observando como realizaban las tareas más comunes se dio cuenta de algo, las otras marionetas se trataban de una forma curiosa, unas veces se hacían sentir mal, otras bien, pero lo que más le llamó la atención, es que todas estas marionetas habían olvidado por completo que aún seguían ligadas a través del hilo conductor con el generoso tejedor que las había construido. Pasó el tiempo, y la marioneta que tan sorprendida se había sentido al llegar a éste lugar, comenzó a realizar sus quehaceres de la misma manera que todas las demás que habían llegado antes allí, hasta llegar el día en que también olvidó su conexión con el tejedor a través del hilo del Amor. Curiosamente, en éste lugar, al igual que en otros muchos lugares, había estrellas y soles, ríos y mares, días y luz, así que una noche, mientras nuestra nueva amiga, que ya no se sentía nueva, ultimaba sus detalles antes de descansar, recordó súbitamente el día en que su tejedor la había dado forma y soplaba en el hilo que cerraba su sentir.
A la mañana siguiente, cuando salió para encontrarse con los demás, pudo ver nuevamente, como ya la había sucedido al llegar por primera vez, que la gente se juzgaba, se hablaba mal, incluso hablaban unos de otros a sus espaldas, pero nuevamente le sorprendió que todos ellos habían olvidado que pendían de un único hilo de amor que llegaba de regreso hasta el tejedor. Habían hecho todo tipo de rituales y rutinas creyendo que eso podría sustituir aquel hilo, pero eso no funcionaba así, de echo lo que sucedía era lo contrario, enmarañaban más lo poquito del hilo suelto que pudiera quedar.
Nuestra amiga estaba ya muy cansada de presenciar disputas y conflictos, se preguntaba una y otra vez qué era lo que pasaba que sus compañeras no lograban recordar el hilo del Amor… Así que un día, divagando por aquellos lugares, se dio cuenta que lo importante no era si recordaban ellas o no su hilo del Amor, sino más bien lograr vivir con ellas y enamorarse profundamente del hilo que las movía, pues aunque ellas lo habían olvidado, nuestra amiga podía ver el hilo que a todas impulsaba. Eso hizo que a partir de entonces, pudiera hablar con todas las demás con un profundo respeto y amor, ya que siempre tenía presente que aquel hilo que a todas movía regresaba a aquel que la había creado.